Las normativas impulsadas por la administración de Kast apuestan por el control tecnológico en las aulas, pero expertos advierten que la medida ignora el origen estructural de la violencia: el abandono emocional y la falta de recursos.
Las nuevas normativas planteadas por el Ejecutivo para los establecimientos educacionales, en el marco de la llamada “violencia escolar”, pretenden proteger a la comunidad educativa mediante métodos de control que no necesariamente entregan una solución de fondo.
Por un lado, se ha dado luz verde para que los colegios implementen cámaras, pórticos o detectores de metales. Sin embargo, persiste el vacío sobre la ejecución: ¿de dónde saldrán los recursos para estas tecnologías?, ¿quién las operará?, y ¿cuáles serán los protocolos de vinculación con las fuerzas de orden ante un delito?
Para analizar este complejo escenario, contamos con la visión técnica de Yobana Diocaretz, Licenciada en Psicopedagogía y Magíster en Educación Inicial, quien desglosa la violencia escolar no como un hecho aislado, sino como un síntoma de algo más profundo.
El síntoma de un abandono emocional
El reciente y trágico caso en el norte de Chile, donde una docente perdió la vida a manos de un estudiante, obliga a preguntarnos qué está pasando con nuestras infancias. No se trata únicamente de un hecho policial; es una señal de abandono emocional.
Investigaciones en desarrollo infantil, como las del psicólogo Felipe Lecannelier, advierten que los niños menores de seis años presentan indicadores preocupantes en su salud mental post-pandemia. Es en esta etapa donde se construyen las bases del apego y la regulación emocional. Un niño que no desarrolla seguridad emocional difícilmente podrá gestionar la frustración o la ira en su adolescencia.
La crisis de la “presencia real”
Aparece aquí un concepto clave: la presencia real. Según plantean autores como Siegel y Bryson en “El poder de la presencia”, los niños necesitan adultos emocionalmente disponibles. No basta con estar físicamente; la calidad del vínculo influye directamente en el desarrollo cerebral.
Hoy, las largas jornadas laborales y el estrés cotidiano han debilitado estos espacios de cuidado. A esto se suma el adultocentrismo, una lógica social que minimiza la voz de los menores. Cuando no existen espacios reales de escucha, el malestar se acumula y, eventualmente, estalla. La rabia que no se acompaña en la infancia se desborda en la adolescencia.
La escuela no puede reemplazar a la familia
Es necesario decir algo incómodo: no todo puede recaer en la escuela. Durante años se ha delegado en los establecimientos la formación emocional y valórica que es, en esencia, un rol insustituible de la familia. La educación emocional comienza en el hogar, en los límites y en la contención. La escuela acompaña, pero no reemplaza.
¿Soluciones reales o parches reactivos?
El desafío urgente es fortalecer la crianza y recuperar la presencia. Debemos asumir como sociedad que el desarrollo emocional es una responsabilidad compartida. Ante la realidad de muchos niños que crecen en soledad y sin adultos con herramientas para protegerlos, cabe preguntarse: ¿Se soluciona esto revisando mochilas?
Si no somos capaces de mirar el origen en los vínculos y la falta de presencia, cualquier ley será solo un parche. La rabia no aparece de la nada; es dolor acumulado que nunca fue escuchado.
Finalmente, es preciso cuestionar si esta ley no está traspasando toda la responsabilidad a los colegios, otorgándoles facultades sin recursos y el mandato de solucionar un problema que desborda el control que se pretende aplicar.





